Posteado por: Tiberio | 15 agosto 2009

Golpe de estado en Honduras

Tiberio Sempronio Graco, el tribuno de la plebe, fue asesinado por un grupo de jóvenes patricios a los que no les importó cometer el sacrilegio de agredir a un tribuno de la plebe para impedir que incumpliera la ley romana al volver a presentarse a unas elecciones.

De la misma manera, ante el supuesto temor de que Zelaya incumpliera la constitución y volviera a presentarse a unas elecciones presidenciales, los jerarcas hondureños han decidido cometer el mayor atentado posible contra la Democracia, un golpe de estado que ha degenerado, de momento, en una dictadura.

Condenado por sus vecinos y por casi todos los gobiernos del mundo (incluyendo, y esto es histórico, al gobierno estadounidense) el gobierno golpista de Honduras no parece estar demasiado dispuesto a reconocer su error. El tiempo juega a su favor, y no pocos medios de comunicación en todo el mundo demuestran lo limitado de sus convicciones democráticas al hacerles el juego.

Gran parte de la ultraderecha internacional, incluyendo al intelectual Vargas Llosa, han ido filtrando, poco a poco, el mensaje de “vale, sí, fue un golpe de estado. Pero fue un golpe de estado pequeñito contra un presidente muy malo que forzó lo que sucediera”. Y, poco a poco, ese mensaje va calando entre aquellos que consideran que el mero hecho de hablar con Chaves te convierte en un Stalin cualquiera. Al fin y al cabo, Zelaya quiso cambiar la Constitución por un lado y la incumplió por otro (o por el mismo, como veremos más abajo) ¿no ese un claro síntoma de maldad?

Pero no todo errante anda perdido ni aquel que quiera cambiar una constitución necesariamente será para destruir la democracia. Algunos lo hacen para construirla. Hablemos del caso concreto de la constitución hondureña.

Durante los años 80, Honduras era el estado satélite perfecto. En Honduras se entrenaban los grupos paramilitares que posteriormente sembrarían el terror por gran parte de América latina, especialmente Nicaragua. Durante aquellos años, el presidente Suazo Córdova organizó los “Escuadrones de la muerte”, dedicados a la caza y captura de cualquier disidente izquierdista. En aquellos años se redactó la Constitución actualmente en vigor.

La Constitución hondureña prohíbe la reelección de un presidente. Aquel que gane las elecciones un año ya no podrá repetir. Esto en sí mismo me parece un planteamiento que cabe en Democracia, aunque lo veo bastante radical. Lo que ya no cabe en Democracia es cuando la misma Constitución pretende osificarse, considerando un delito de alta traición el mero hecho de querer reformarla.

Porque este ha sido el famoso artículo de la Constitución que se habría saltado Zelaya, el que dice que no existe ninguna forma legal de reformar una Constitución firmada a punta de pistola. Ante esta situación Zelaya ha querido responder mediante un rodeo. Su plan consistía en realizar una consulta popular en la que el pueblo decidiera si le parecería bien hacer un referéndum para cambiar la constitución, permitiendo a los presidentes ser reelegidos. Una votación para ver si se debería hacer una votación.

Esta rocambolesca situación se creo con la intención de que, si alguien cometía alta traición, ese alguien sería el pueblo hondureño. La absurda constitución llegaría a una situación en la que se consideraría traidor al propio pueblo que, se supone, es soberano. Ni si quiera la quincena de familias oligarcas que tradicionalmente han controlado Honduras podrían sostener una contradicción tan grande.

No lo han hecho. Han considerado que empujar al pueblo soberano a la posibilidad de cometer “alta traición” es, en sí mismo “alta traición” y, quizás aprendiendo de España, han considerado que resulta  antidemocrático hacer una pregunta a un pueblo.

Los demócratas del mundo debemos unirnos contra este tipo de argumentaciones. La democracia está por encima de las constituciones, y ningún artículo antidemocrático debería ser aceptado en ninguna constitución. Zelaya puede ser un populista, puede ser ambicioso, puede ser muchas cosas. Pero aquel que legitime un golpe de estado dado para impedir una reforma democrática, es un fascista.

Y sin embargo, y a diferencia de Tiberio Sempronio Graco, Zelaya no pudo haber hecho todo esto para volver a presentarse a unas elecciones. En contra de lo que dicen los golpistas y sus voceros, era sencillamente imposible algo así. En el caso de que la consulta tuviera éxito y se convocara un referéndum para cambiar la constitución, este no podía hacerse más que el mismo día en que se celebrarían las elecciones a nuevo presidente, elecciones en las que, lógicamente, Zelaya no se podría presentar.

Algunos podrán argumentar que Zelaya incumplió la constitución, nadie puede negar que los golpistas lo hayan hecho. Y nadie puede negar que siempre será más democrático saltarse la constitución para consultar al pueblo que saltársela para destituir a un presidente a golpe de fusil.


Responses

  1. Lo que comentas al final es la bomba. Justificar algo increíblemente antidemocrático porque el otro hubiera hecho algo, como mucho, ilegal…

    Qué panda de mamones.

  2. Hey, you’re the goto expter. Thanks for hanging out here.


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