Posteado por: Tiberio | 12 julio 2008

El Quijote de Avellaneda

Todo empezó cuando un tal Miguel de Cervantes, autor al que consideraban segundón, publica la primera parte de su famoso El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Hoy los especialistas consideran al Quijote como la obra cumbre de la literatura en lengua castellana, apesar de que casi nadie de la calle la ha leído. Curiosamente, en 1605 sucedió justo lo contrario. El Quijote fue recibido con frialdad entre los críticos, pero con entusiasmo por el vulgo que la convirtió rápidamente en un best-seller sin precedentes.

En unos pocos años, el libro de Cervantes conoció varias reimpresiones en infinidad de ciudades por toda Europa e Indias, se realizaron muy pronto traducciones a la mayoría de las lenguas europeas. Durante décadas, cada vez que una imprenta pasaba apuros económicos, editaba un Quijote y lo vendía como rosquillas.

Poco de ese dinero acabó en manos de Cervantes, que la situación de los derechos de autor era opuesta a la actual, pero estaba claro que el mundo literario no iba a quedar ajeno a un fenómeno de tales características. Como setas, y en varias lenguas, empezaron a surgir continuaciones de la obra de Cervantes. Una de ellas consiguió tanta fama que el mismo Cervantes se sintió con ganas de hacer referencias a ella en su segunda parte del Quijote. Me estoy refiriendo a la novela que fue firmada con el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda (pseudónimo de un autor desconocido)

El Quijote de Avellaneda no soporta ninguna comparación con el de Cervantes. Así que en la medida de lo posible, vamos a intentar no establecerlas. Únicamente destacar que el Quijote y, sobretodo, el Sancho de Avellaneda son personajes infinitamente más simples que los de Cervantes. Y es que Avellaneda no busca una grandes profundidades, tan solo pretende algo entretenido para pasar el rato y echarse unas risas a costa de la locura de uno y la simpleza del otro. Porque Quijote no sólo está loco, sino que además carece de la dignidad que le otorga Cervantes. Y Sancho no es que sea un hombre sencillo, es que es muy tonto. Cervantes había conseguido construir esa fina línea entre la simpleza y la estupidez, Avellaneda arrasa con todo sin ningún miramento. Al igual que el Sancho Panza que conocíamos, el escudero del que nos habla Avellaneda habla constantemente con refranes, pero ahora los cita incorrectamente y sin ningún sentido.

Y es que, en su empeño por ser divertido a toda costa, Avellaneda recurre a métodos a veces realmente torpes. Juegos de palabras infantiles, situaciones inverosimiles y el eterno recurso de acudir a Sancho Panza (verdadero protagonista de esta novela) para sacarle las castañas del fuego. He de reconocer, sin embargo, que algunos momentos son realmente divertidos, pero se ven empantanados por el aluvión de chistes malos que el autor se ve obligado a introducir cada párrafo.

La historia está bastante bien hilvanada. Diré incluso (en algo tenía que pasar) que mejor que la versión de Cervantes. No ya por errores fruto de las prisas como el tan famoso asno intermitente de Sancho Panza, sino porque realmente Avellaneda nos muestra una historia coherente con la primera parte del Quijote y repleta de giros interesantes y a veces sorprendentes, aunque el autor se vea obligado demasiado amenudo a recurrir a personajes poderosos que protejen a los protagonistas para poder reirse de ellos.

No hay duda de que el Quijote de Avellaneda es un libro facilón y superficial pero en su defensa, lo cierto es que tampoco ha pretendido nunca ser otra cosa.


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