Posteado por: Tiberio | 9 noviembre 2006

Las frías aguas del Hefes

Este pequeño capítulo pertenece a una serie más amplia. Si quieres leerla desde el principio puedes empezar por el principio o si quieres recordar el capítulo anterior puedes ir a él.

Los grandes proyectiles, cada uno del tamaño de un buey de Liorca, empezaron a caer en torno a nosotros, salpicándonos con las frías aguas del Hefes No tardamos mucho en quedar empapados, pero teníamos otras preocupaciones mayores.

 

Nuestra euforia inicial se iba transmutando en impaciencia mientras los barcos recorrían la media milla que nos separaba del castillo. Luchando por su vida y la nuestra, los remeros realizaban su trabajo lo más aprisa que podían, pero el viento y la corriente se les oponían dificultando el avance.

 

El puerto de la fortaleza estaba en el islote central, y según nos acercábamos nos percatamos de que esta había caído. No pasaba nada, pensábamos, no habrían tenido tiempo a prepararse y les barreríamos. Ahora creo que habría sido más inteligente desembarcar en la orilla y atacar desde tierra. Pero entonces no era más que un soldado y no tenía la experiencia que tengo ahora.

 

Un proyectil golpeo nuestro palo, rompiéndolo por la mitad y zarandeándonos de tal manera que yo creía que íbamos a volcar. Ante nuestros ojos varios de nuestros barcos eran destruidos, y veíamos a nuestros compañeros hundiéndose, con su armadura, sin que nosotros pudiéramos detenernos a ayudarles. Sentíamos la ira crecer con cada uno de nuestros barcos alcanzados, pero lentamente, la duda iba haciéndose hueco en nuestros corazones. En mis largos años, he vivido muchas batallas, pero quizás porque fuera la primera, ninguna recuerdo el horror que yo sentí aquel día.

 

Ya estábamos próximos al embarcadero cuando el barco que nos precedía fue alcanzado de lleno. La lluvia de astillas llegó hasta nosotros y los gritos de miedo y de dolor nos llenaron de espanto. El barco se llenó rápidamente de agua y, a causa de ello, detuvo bruscamente su avance. Nuestro piloto intentó esquivarlo, pero estábamos demasiado cerca o no fue lo suficientemente hábil, el caso es que antes de que nos diéramos cuenta una gran masa acuática empezó a inundar nuestra proa.

 

 

Próxima entrega: Un tribuno muerto.


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