Posteado por: Tiberio | 15 octubre 2006

Hearst, el hombre en que se basó Ciudadano Kane (y 4)

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Tras superar al World, Hearst se había quedado sin objetivos. Pero era dueño de un poder del que nunca nadie había disfrutado y estaba deseando ponerlo a prueba.A pocos kilómetros al sur de Florida se encontraban los restos del antiguo imperio Español. Cuba, Puerto Rico y Filipinas eran las últimas colonias de la decadente España y ¿qué mejor forma para una potencia emergente como era EEUU que desmantelar los restos de la antigua potencia que había dominado el Continente?

Sin embargo, la guerra contra España no parecía tan sencilla a los políticos norteamericanos. La flota española era, sobre el papel, nada desdeñable y perfectamente capaz de hacerle frente o incluso superar a la joven armada norteamericana. Observadores prusianos auguraron para España una fácil victoria en Filipinas y una victoria más discutida en las Antillas. Todo esto resultó falso ya que la flota, si bien formada por buenos barcos, carecía de la tripulación y el equipamiento que pudierna hacerla efectiva. Pero eso era algo que los estadounidenses no sabían. Además se podía temer la reacción de las potencias europeas, que quizás preferirían el mantenimiento de una España decadente que el crecimiento de unos EEUU emergentes.

Hearst comenzó una activa campaña de propaganda maniqueista. Toda actividad española era satanizada y a las autoridades españolas se les atribuían todo tipo de salvajadas, asesinatos, torturas y violaciones. El Capitán General Weyler fue definido con toda clase de epítetos, entre los que “carnicero” era de los más suaves. Cuando la armada española registró a unos pasajeros cubanos en un barco norteamericana, el Journal (que ya había cambiado su nombre por el de New York Journal) publicó una agresiva noticia en la que se hablaba de supuestas vejaciones. La noticia era acompañada por una ilustración en la que hombres con uniforme de la armada española desnudaban a una mujer. El hecho de que la propia pasajera desmintiera que en ningún momento fuera tratada deshonestamente careció de importancia. No era la verdad algo que importara gran cosa a Hearst, cuando sus enviados a La Habana le contestaron a sus presiones que no había nada noticiable, Hearst envió un telegrama que se ha hecho famoso. “Envíen ilustraciones. Las noticias las invento yo”
Pero el momento cumbre de la campaña antiespañolista se dio con la liberación de la joven cubana Evangelina Cisneros. Hearst sobornó a la policía para poder rescatarla, pero no iba a hacerlo por la puerta, eso no llenaba páginas. Evangelina tuvo que huir por una cuerda, después de que hubieran reventado los barrotes de su prisión. Una multitud enfervorecida la recibió en Nueva York.

El éxito del New York Journal arrastró a otros periódicos más moderados (como el World) a unirse a la campaña belicista. El país entero estaba en eferbescencia… Pero el presidente MacKinley no quería iniciar una guerra de incierto resultado.

La madrugada del 15 de febrero de 1898, Hearst recibió una llamada en su casa. El Maine, un buque de guerra norteamericano fondeado en La Habana, había sido volado. Hearst dio orden de cambiar por completo su primera página, se dice que después exclamó sonriente “esta vez es la guerra”.

Hoy sabemos que el Maine estalló a causa de un accidente, y ya entonces era muy poco creíble que lo hubieran destruido los españoles, pero ocho páginas diarias durante ocho días consecutivos en el New York Journal fueron suficientes para convencer a la nación. El presidente se vio obligado a declararle la guerra a España.

Las imaginaciones exaltadas de los norteamericanos, convencidos de la maldad española, les hacía ir a todas partes armados, por miedo a un desembarco por sorpresa. Hearst por su parte siguió con su circo, nada más empezar el conflicto, cablegrafió a Londres encargando la compra de un barco que debía ser hundido en el Canal de Suez, paraimpedir el paso de la escuadra del almirante Cámara rumbo a Filipinas.

Él mismo acudió a la zona del conflicto y readactó de su puño y letra las crónicas guerreras. Contempló con sus propios ojos algunas de las batallas más importantes y tras la destrucción de la armada española en Santiago, capturó a un grupo de marineros agotados y desmoralizados que buscaban alguien ante quien rendirse (aunque no fue esto lo que contó en su artículo).

Hearst había provocado una guerra con su pluma. ¿Qué límites podía tener un hombre así? su carrera hacia la presidencia parecía llana.

(continuará)

Lunes, 21 de Agosto de 2006 12:15

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