Posteado por: Tiberio | 15 octubre 2006

España Heroica

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En la composición de las milicias entraron obreros y burgueses, intelectuales y empleados, militares, profesionales y periodistas, y algunas mujeres. No había fusiles para todos. Nunca los ha habido, ni a los dos años de guerra. Los 70.000 o más fusiles repartidos en Madrid, en julio del 36, desaparecieron pronto. Muy pocas ametralladoras. Algunas piezas de artillería de campaña. En el verano del 36 no había en todo el frente de Madrid más de doce baterías. Municiones, escasísimas. La fábrica de Murcia y la de Toledo producían menos de una tonelada de pólvora y de trescientos mil cartuchos de fusil cada venticuatro horas. Con eso había que abastecer a los combatientes de Madrid, de Andalucía, de Aragón y del norte. En cierta ocasión, todas las existencias de que pudo disponer el ministerio de la Guerra alcanzaban a doce cajas de cartuchos. Las columnas se disputaban las municiones. De Oviedo, de Barcelona, de Córdoba, llegaban clamores desesperados. Irún se perdió (iniciándose con ello la caída de todo el norte) por falta de municiones, estando detenidos en la frontera francesa, a consecuencia de la no-intervención, unos vagones de cartuchos. De artillería pesada y antiáerea, carros de combate, morteros, etcétera, y el innumerable material móvil que pide un ejército moderno, nada. Hasta septiembre del 36, no llegó la primera expedición de material: 17.000 fusiles que habían cruzado el Atlántico. El entonces ministro de la Guerra, señor Largo Caballero, se encargó de repartirlos personalmente, para que no se malgastara tal tesoro. Pocos días después se había agotado. Los milicianos fugitivos los perdieron casi todos en los desastres de Talavera.

El ministerio de la Guerra se esforzaba en poner orden en tanta confusión. Aceptaba las unidades de milicianos, procuraba armarlas, les daba algún mando profesional (cuando querían aceptarlo) y les asignaba misiones tácticas o estratégicas, según las necesidades más urgentes. Las cumplían o no, según fuese el humor de la tropa, las veleidades de los mandos subalternos o las consignas de las organizaciones políticas. Los estados de situación de fuerzas que redactaba todos los días el ministerio de la Guerra, de los que conservo algún ejemplar, muestran la inversímil heterogeneidad de aquel ejército y la desigual composición, en número y calidad, de sus unidades. A lo largo de las posiciones al norte y al oeste de Madrid, aparecen desplegados: dos compañías del antiguo ejército, una milicia local, un batallón de aviación, 200 guardias civiles, un batallón de guardias de seguridad (policía), una milicia de la CNT, un batallón republicano, medio batallón de Ingenieros, la milicia de la FAI. Por lo menos, el jefe de cada sector del frente era un oficial profesional, designado por el ministerio de la Guerra. Había otros en los mandos sublaternos. Un coronel de Estado Mayor organizó la defensa del Guadarrama, que ha subsistido hasta el final de laguerra. Un general de Ingenieros andó durante algún tiempo en Somosierra. Todos estaban en situación difícil. Su autoridad no siempre era acatada. Tenían que convencer a sus subordinados para que cumpliesen las órdenes. Y tener mucho cuidado para no incurrir en sospecha de deslealtad. Si la tropa se desbandaba, o desobedecía, o cumplía mal alguna orden, el jefe no podía ser riguroso con ella

 

Sobre la arbitrariedad de las decisiones que las unidades de milicianos tomaban por su cuenta, las anécdotas serían inacabables. Una brigada de la FAI abandonó tranquilamente, por enojos con el jefe del sector, los embalses de agua que abastecían a la capital. Por suerte, el enemigo no se enteró. Una columna de voluntarios valencianos, destinados a la sierra, se desbandó al primer choque. Sus jefes alegaron que no querían ni sabían combatir más que en terreno llano. En una operación cerca de Talavera, los milicianos se negaron a emprender la marcha si la artillería no iba delante, abriéndoles camino.

En condiciones tales se mantuvo la defensa de los frentes de Madrid, entre los 50 y los 90 kilómetros de distancia del casco de la capital, hasta octubre o noviembre del 36. En iguales o peores condiciones, estuvieron estabilizados los otros frentes. ¿Cómo fue posible? […] es manifiesto que los intentos de entrar a viva fuerza en Madrid aquel verano se frustraron, apesar del desbarajuste de la defensa. A todo suplió el entusiasmo de los combatientes, tropas voluntarias, poseídas de un espíritu político exaltado hasta el paroxismo, segúras de la victoria. […] No sabían manejar el arma, no sabían combatir, la disciplina militar les parecía cosa anticuada e insoportable, los mandos inferiores no existían. A fuerza de arrojo, de buena voluntad, muchas veces de heroísmo, hicieron cosas utilísimas para la defensa, y como no había otras mejor pensadas y ejecutadas, eran insistituibles. Contuvieron el ataque en la sierra. Despejaron los contornos de Madrid, llegaron por la línea de Aragón hasta Sigüenza. Restablecieron la comunicación con el Mediterráneo, recuperando Albacete, que era vital para Madrid. Llegaron a Badajoz y durante algunos días hubo comunicación con el Atlántico, por Huelva. Llegaron a las puertas de Córdoba. Ahí se acabó su poder ofensivo, porque el entusiasmo y la improvisación, creciente el poder del enemigo, no daban más de sí.”

Fragmentos de “El nuevo ejército de la República” de Manuel Azaña

Domingo, 01 de Octubre de 2006 14:05

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Responses

  1. Para matar curas y fascistas reales o supuestos si había armas. Azaña una vez se quejo de que en la retarrguardia habia más armas que en el Frente.


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