El otro día, sostuve con dos viejos amigos una de esas conversaciones en las que nos dedicamos a mesarnos nuestras largas barbas blancas, relatando como empezamos en esto de los juegos de rol. A mí me ha parecido divertido, por esto de la nostalgia, y creo que a los más viejos de vosotros a lo mejor también os hace gracia (a los jóvenes no os recomiendo este artículo, os vais a aburrir como ostras
Os animo a los que leais estos a contarnos también como fueron vuestros primeros pasos roleros
La historia de Sergio Benito Ríos:
“Yo empecé a masterear en el 82, siendo niño, con la famosa Caja Roja de D&D de Dalmau, que era la traducción del D&D básico (clásico) de su segunda edición. La primera, según leí en un Líder, fue una edición artesana y la segunda fue la primera que llegó realmente al público americano.
Antes jugué (y como jugador) a un juego del que desconocía el nombre, con un amigo de unos chicos mayores (de instituto) que lo trajeron de sus viajes de intercambio a USA. Utilizaban fotocopias oscuras e incompletas de aquel D&D americano, y había algunas palabras traducidas (rod, ring, scroll). Realmente ese fue el inicio de mi empeño por aprender inglés. Tenía unos 11 años.
Posteriormente aprendí que se llamaba Dungeons & Dragons. Mi primer personaje fue un elfo que tiraba proyectiles mágicos desde su vientre (así me lo imaginaba yo, no supieron explicarme). Y uno de los trucos que recuerdo como si fuera ayer, es que al entrar en las habitaciones de los dungeons había que mirar antes justo encima de la puerta, porque había un monstruo que se colgaba del techo y estaba esperando a los aventureros.
También me contaron historias de trampas de paredes deslizantes y otras increíbles historias. Estuve esperando ansioso, con mi hermano pequeño y un par de amigos de nuestra edad, a que los mayores tuviesen un hueco en sus reuniones (a las que nunca asistí) y jugáramos la primera partida. Tan sólo tenía una hoja de personaje hecha en el reverso de un panfleto de publicidad (un tercio de folio), de esos que ponían en los coches. Había abreviaturas extrañas que me obligué a aprender de memoria para no rezagarme de los mayores. AC, HP, HD.
Pasaba el tiempo y no podía parar de pensar en ello. Así que a la espera de esa partida, en un pequeña libreta del cole que no utilizaba, comencé a dibujar mapas, copiando el sistema de los mayores, adelantando trabajo para el día en que aprendiera a dirigir. Había un mapa general que relacionaba dónde estaba cada dungeon y recuerdo que ya iba vistiéndolo con alguna historia.
Nunca llegó esa primera partida. (Los cichos mayores no encontraron tiempo, supongo). Pero aparecieron lo libros de Elige Tu Aventura, con Lobo Solitario, y pronto una serie de D&D, con la portada blanca y el borde negro. “La Montaña Helada” Creo que se titulaba el primero que leí. Y resulta que en la última página venía una hoja anunciando: ¡Una edición del D&D de una editorial llamada Dalmau!. ¡¿Era el mismo juego que yo había estado esperando?!
Lo pedí por correo contrarrembolso (la primera experiencia de compra por correo) y finalmente llego la caja, ligeramente aplastada la tapa, ¡vaya. El contenido no asustaba. Dos pequeños manuales. Ojeé el contenido y los dibujos no eran los mismos… ¿Era el mismo juego? Parecía que sí. Allí estaban los elfos con sus proyectiles mágicos. Y había tesoros, cetros, anillos y pergaminos. Tenía que ser. Conforme me liquide el manual del jugador y se lo di a mi hermano comencé a devorar el del master. Por fin iba a emular a aquellos sabios que manejaban hojas que sólo ellos podían leer. ¿Que información contendrían?
Jugamos la partida del manual. La que te encontrabas en seguido con un monstruo de la herrumbre. Oxidaba instantáneamente todo el hierro que tocaba. Jugaba mi hermano pequeño y un vecino de mi edad. Pronto se liquidaron el primer nivel. Y ya lo decía el libro, te daba pistas para el segundo pero tenías que hacerlo tú. El mundo se abrió ante mi…
Jugamos bastante, la verdad. Pero eran tiempos de muchos juegos y los chavales tenían mucha diversión callejera. Así que no tuve necesidad del Expert hasta algunos años después, cuando ya había alcanzado algún nivel de inglés para descifrarlo. Después vinieron el Companion, y luego ya no recuerdo bien si el Masters y finalmente seguro el Inmortals. (Rojo, Azul Oscuro, Azul Cielo, Verde y Dorado el Inmortals).
(¡Ostras! ¡Benditos juegos! Dónde los dejé. Ya no están en mi biblioteca. Hacía siglos que no me acordaba de ellos. ¡Tengo que encontrarlos!)
[...]
Pues bien, todo eso lo he contado, porque a parte de que me ha gustado recordar, nosotros jugamos antes de que se inventaran las etiquetas y sin embargo a cada uno podría etiquetársenos con alguna de ellas.
El Espíritu de la Primera Edición es una MIERDA en la mente del que ha escrito eso. El espíritu no está en la edición. Estaba en la edad de los jugadores y en la época que nos tocó vivir. Nosotros nunca habíamos visto ninguna peli de Dungeons. Y casi nadie sabía del Señor de los Anillos. Sólo algún “mayorote” había leído el Hobbit, o alguna parte del Señor. (Yo no leí nada de Tolkien hasta que leí el Hobbit cuando iba al instuto. Y el Señor lo intente pero era soporífero tanto rollo descriptivo).
Dungeons inventó una forma de jugar dónde no existía nada similar. En la época que el merchandising nacía con las figuritas de Star Wars. Cuando los ordenadores tenían 8 y 16 Kb. Cuando en la consola del niño rico de la clase jugabas una vez al Atlantis de Atari, o te ibas al bar a jugar a los marcianitos con 25 pesetas que te daban cuando retornabas el casco de varias botellas de cristal en el super.
Para mi los halfings son anteriores a los hobbits. D&D no era una adaptación de nada, sino el portal a un mundo medieval fantástico.
Los jugadores crecían en experiencia, al mismo ritmo que salían manuales que ampliaban los niveles de sus personajes (advanced, companion…). ¿No es fantástico?
Pero me voy con mis buenos recuerdos…
El D&D siempre ha sido una competición de los jugadores contra la situaciones del master. Sana, porque evidentemente no se rompían amistades ni se llegaba a las manos. Y el master siempre tenía la última palabra porque sabía inglés, leía una parte de los manuales que los jugadores tenían vedada y se lo curraba preparando los dungeons.
Y siempre ha habido jugadores abogados, egoístas, pasivos, implicados, equilibrados, etc…
Para jugar es cierto que no hace falta más que el D&D (clásico que llaman ahora) y las reglas caseras que uno quisiera (pocas hacían falta, si ibas utilizando las ampliaciones).
La segunda edición la probamos porque Gustavo se inició con ella (con otro grupo) y quería que la probáramos, pero acabe recortándola al modo del D&D. (¿Que porras es eso de las clases dobles? Eso sí es una munchkinada). En realidad con el clásico, y desde el básico hasta el inmortals podías hacer una carrera entera de un personaje que hablando de memoria, era del nivel uno al 36, reencarnación, al 36 otra vez y después inmortal. Como inmortal, último libro, los personajes eran semidioses viajando por el espacio y pegándose con monstruos galácticos, a mi los dibujos me recordaban a “Estrella Plateada”. Realmente alucinante.
Pero quedarse con el D&D clásico, así sin más, sería aceptar que el sistema de juego del D&D era inmejorable, lo que evidentemente es falso. El D&D era una adaptación de juego de miniaturas y se nota. Con un millón de mini reglas para cada situación. Con un 1 en d6 aquel se esconde. Con un 1-2 en un 1d4 una espada se destruye con un ataque de ácido…
Imágenes como que el mago tenga que estudiar los hechizos que olvidó por la noche, de su propio libro de conjuros es un clásico dungeoniano, que por clásico ya ni nos parece absurdo. (En mi mundo se codiciaban los libros de magia ignífugos, con protección contra el fuego).
Una vez hablando con miembros de otro grupo de D&D independiente del nuestro (y desconocido por largo tiempo), sus jugadores me decían que en dungeons los monstruos mataban por los “sibilous”. Muy gracioso, porque entonces todos jugábamos en espanglish. “Sibilou” significaba “see below” y era una referencia a cuando en la ficha del monstruo en “Atacks” decía: “Special: See below”.
(Gloriosas anécdotas con el spanglish, en fin sigamos)
Resumiendo el D&D para mi es super querido, pero como sistema se ha superado de largo.
Ejemplos, y según mi gusto:
El mejor sistema de Magia es el de Mago, y este es heredero del Ars Mágica que no es manco (en un entorno erudito medieval insuperable).
El mejor sistema de resolución de tiradas… No lo sé. A mi me inspira mucho el SAGA. (Y nunca lo he jugado). También me llaman más el G&G Sin Dados o el Amber. Pero si hay que tirar dados me quedaría con el d20 pero sin el lío de la clase del D&D de una tabla de Hit Dice contra Amor Class (infernal)
Bueno, si quereis seguimos, pero no en este mail que me va a quedar eterno (llevo dos días escribiendo).
Voy a ir concluyendo:
De espíritu de la primera edición nada de nada.
1) Los jugadores se han comportado como jugadores toda la vida. Igual ahora que antes. Ni la Narratividad(TM) cambió eso.
2) El D&D es muy querido para los abuelos porque nos recuerdan aquellos años.
3) Pero un seiscientos no es mejor que un Kia Picanto, por muy clásico que sea. Todo lo nuevo no es automáticamente mejor, pero la selección natural hace su trabajo. Siempre.
La historia de Agis:
pues porque, en realidad, todo empezó antes:
) Tenía unos primos en Toledo que afirmaban que ellos habían jugado, pero nunca quisieorn enseñarme (sospecho que era un cuento, algún día debo preguntárselo
Viviendo en un pueblo, yo no tenía muchas posibilidades para conocer cosas sobre los juegos de rol. Leía con avidez la sección de RPG Games de la Micromania, aunque hablaban solo del rol de ordenata y la verdad es que no me enteraba de nada. Y tras leer el SDLA empecé a inventarme mundos, que generalmente eran un mapa con un gran bosque lleno de elfos, una montaña llena de enanos y algunas libretitas hablando de todos ellos… no sé que habrá sido de todo esto, me molaría recuperarlo
Pero un día, en una gran superficie de Oviedo descubrí algo maravilloso. Se llamaba Hero Quest y se parecía muchísimo a todo aquello que yo buscaba. Muchas, muchas, muchas tardes dediqué al Hero Quest. Llegó un momento en que conocía de memoria los planos
, y hacíamos los nuestros. Incluyendo monstruos reciclados de otros juegos o hechos de plastilina
Es en esto en lo que me recuerdas a mí, en esa forma de buscar los juegos de rol sin saber ni que eran.
Luego conocí a un compañero de clase… ¡que jugaba a rol! pero no al Hero Quest, no, al de verdad
y jugué mi primera partida en un banco de la biblioteca. El juego era el Alta Inseguridad, había salido en una Líder y mi personaje se llamaba Frodo
. Cuando me colega me dijo que ese nombre no era muy apropiado, le dije totalmente serio que yo siempre utilizaba ese nombre en los juegos de ordenador y tal.
La segunda partida que jugué… hice yo de master. Me habían dicho que había una persona legendaria a la que llamaban RIcard Ibañez que lo había hecho así, y yo no quise ser menos. Mi juego era un refrito del UFO, un juego de ordenador en el que ibas con un escuadrón matando extraterrestres. El sistema era percentil, como el del Alta Inseguridad, y mi herencia de los juegos de ordenador era tan alta que las habilidades eran del tipo “mirar” o “Inventario”… que servía para mirar a ver que llevas encima
Con el chaval que me enseñó a jugar, un vecino suyo, varios compañeros de clase y mi grupo del Hero Quest hicimos un grupo bastante estable, que duró años. Eramos tres directores, y cada uno eramos muy celosos de nuestros juegos. Sólo el director tenía derecho a leer los libros de su juego. Y eso a mí me reventaba porque yo tenía curiosidad por los juegos de los demás
.
Este tabú era tan fuerte que, ya con 20pico años, cuando me encargaron en Ediciones Sombra escribir un artículo sobre una ciudad-planeta, le pedí a uno de ellos que me dejara el libro Night City de Cyberpunk, del que siempre había hablado maravillas… y no me lo dejó
. No quería que me lo leyera y le fastidiara sus ideas de partidas
Jugábamos a La Llamada de Cthulhu, mucho. A Cyberpunk, a Rune Quest. Yo dirigía Aquelarre (fue mi primer juego “de verdad”) y más adelante descubrí el AD&D. Como vivía en un pueblo, no conseguía comprar más que alguna Líder de vez en cuando (la Dragón sí llegaba mejor), cuando fui un poco más mayor pude empezar a ir a Oviedo y allí no sólo se podían comprar más cosas, sino que además conocí a gente que había comprado maravillas en EEUU, cosas inimaginables y fantabulosas…. las fotocopiadoras no daban a basto de aquella













